Julia, la italiana

Era una aburrida tarde de domingo, de esas que no había nada que hacer excepto dejar pasar las horas esperando a que llegue el lunes. Mario estaba mirando sin fijarse en el Facebook; Julia leía un libro en el sofá.

Él vio un comentario que le llamó la atención, era un concurso de relatos de cienciaficción y fantasía de la biblioteca de Playa Blanca (Lanzarote). A él le gustaban mucho las películas de viajes en el tiempo; podía escribir sobre ello aunque nunca había escrito nada. Se lo dijo a ella. Julia le contestó con un monosílabo afirmativo sin despegar los ojos del libro. Mario quería escribir algo sobre cómo se habían conocido ellos treinta años antes. Ella apartó el libro sobresaltada dejando escapar un pequeño grito. A él le extraño su reacción; total, cómo se conocieron tenía todos los ingredientes de una novela romántica fantástica.

Él hacía unos días que se había mudado a Lanzarote contratado para sacar adelante una empresa startup local de videojuegos y películas de animación por internet. Estaba haciendo la obligatoria visita por los centros turísticos de la isla: Timanfaya, Jameos del agua, la cueva de Los Verdes. En esta última se quedó descolgado del grupo de visitantes observando un gran agujero que había en el suelo, donde a los guías les gustaba hacer una parada para que alguien del grupo tirase con todas sus fuerzas una piedra a ver todo lo lejos que llegaba mientras la veían rebotar y sonar golpearse contra las rocas en las entrañas de la Tierra. Estaba absorto con sus pensamientos yendo tras Arne Saknussemm en su “Viaje al centro de la Tierra” de Julio Verne cuando la vio a ella; estaba de pie a su lado observándole. Él le dijo un “Hola” más como autodefensa que como saludo, ella le devolvió el saludo en italiano. Él pensó que ella se había perdido de su grupo, se lo dijo pero apenas le entendió la respuesta; él siempre fue muy malo para los idiomas. Fueron juntos hasta la salida mientras Mario intentada aclarar si ella estaba sola o acompañada sopesando un intento por ligarla. A la salida ella se sorprendió de la luz del sol, empezó a hablar del sol y de la gente pero él apenas le entendió nada, aún así asintió a todo lo que ella decía. Mario estaba encantado, a la luz del día ella era preciosa como una diosa romana; tendría como él unos cincuenta años; su cuerpo se entreveía a través de su fino vestido de lino crudo, de corte oriental; en la cabeza llevaba un pañuelo púrpura; calzaba unas sandalias de piel. Ella era en sí exótica, de pelo y piel morena; algunas canas le asomaban por el cabello; Le gustó que ella no usase productos modernos para teñirse el pelo; la cara con los rasgos muy marcados; de fuertes piernas, brazos y manos. Era como salida de otro tiempo.

Él aprovechó que ella estaba sola para hacerla de cicerone y la llevó en su coche a comer a una tranquila casa de comida en un pueblecito tranquilo. Él esperaba que ella se sintiera impresionado por sus amplios conocimientos de la isla, gracias a Wikipedia, pero en cambio se pasó todo el día observando con curiosidad todo menos a él.

Ya de noche, Mario no tenía ninguna gana que ella se fuese pero haciendo de tripas corazón le dijo con la boca chica si quería que la llevase a su hotel. Ella le agarró la cara con sus grandes manos y le dio un largo beso.

Él la llevó a su casa, hicieron el amor toda la noche hasta que amaneció y todo el día siguiente. Mario no se podía creer la suerte que tenía; toda la vida pensando en tabús, en planes, en complejos y de pronto una turista de la que apenas sabía nada había entrado en su corazón como una bala de cañón. Toda la vida haciendo planes de cómo debería ser la vida y de pronto suceden la vida sin necesidad de ningún plan.

Ella se quedó con él, viviendo felices veinte años.

A Mario al principio le extrañó que ella hablaba poco y su italiano era ininteligible, al parecer porque era de un pueblecito de Nápoles y allí el italiano era distinto, además de que quizá en un entorno rural la vida y el habla es más rústico. Pero enseguida ella aprendió el español de él, con un poco de acento andaluz; ella le bebía las palabras; en muy poco tiempo hablaba perfectamente su idioma.

Ella no tenía familia y ni tampoco trabajo así que no tuvo ningún problema en quedarse a vivir con él. Aunque Mario sabía que algo no encajaba; quizá un exmarido celoso, quizá se llevaba mal con la familia. Lo que tenía claro es que no quería perderla, le dolía cada vez que tenía que salir de casa para alguna reunión de trabajo que los empleados locales no pudiesen hacerla por internet. Se sentía superman si estaba a su lado; si estaba con ella veía completa su vida, su razón de existir.

Ella siempre fue muy misteriosa. Había estudiado algo de filosofía y literatura antigua, se sabía todos los escritores clásicos. La encantaba la etimología; él se maravillaba cuando ella usaba palabras ya en desuso y que de pronto él comprendía de dónde venía su significado actual.

Ella era muy torpe con los aparatos y electrodomésticos, no sabía usarlos bien, le costaba hasta poner la tele, el móvil o internet. Se pasaba las horas mirando pasar las nubes, los pájaros, la gente. Le gustaban el mar, cada ola, cada piedra, cada rama. Le encantaban los objetos hechos a mano: una mesa y unas sillas de madera maciza. Coleccionaba pequeños objetos de todas las épocas como unos dados, un espejo, una vela, una brújula, unos mapas, unas tijeras, un almirez, unas llaves, relojes de arena, incluso una cadena de metal. Sobretodo adoraba los libros; tenía muchos libros, de todo tipo; la encantaba leerlos.

De vuelta a la realidad, Mario le iba contando a Julia cómo quería escribir el relato para el concurso. Sí, escribiría sobre ellos y le daría un toque de cienciaficción, pondría un viajes en el tiempo, como si él o ella hubiesen llegado de otra época.

Ella le dijo:

– Amore, yo te amo, por favor, no lo hagas.

Él vio que a ella se le escapaban las lágrimas de los ojos, no entendía qué pasaba hasta que de pronto comprendió después de muchos años algo que ella había comprendido el primer día; realmente ella no había venido a la isla de otro lugar sino de otra época, de hace siglos, de un pueblo cerca de Roma, después de tomar un baño en unas termas dio un paseo por los alrededores, por curiosidad se metió en una cueva, olía a sulfuro, a veces salía humo del suelo como vapor de agua, una niebla; no supo cuanto tiempo estuvo en la cueva hasta que al fondo, en la luz, le vio a él.

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